ANDRÉS HENESTROSA![]() Pero ¿cómo pudo ser que yo, que siempre me creí enterado de todo cuanto pasa en el mundo cultural de México, señaladamente el de mi tierra, que es todo Oaxaca, ignorara la existencia de Blanca Charolet, una fotógrafa, si no única, sí la más completa, impar entre pares? Quién sabe. La historia es que un día del año de 1996 di con su nombre y su oriundez: un humilde pueblecito de los confines de Oaxaca, Chahuites por nombre: pequeña tierra, pero lo suficientemente grande como para que pudiera dar la arcilla y aún sobrarle, para crear a esta artista de la lente, que maneja, contrariamente a Argos que solo usaba cincuenta ojos y Blanca ocupa los cien. Toda ella, en sus sentidos espirituales y corporales, forman una sola entidad cuando tiene la cámara fotográfica en las manos. Una luz inédita que en fuerza de extremos se convierte en una sombra luminosa. Encuentra en las cosas que fotografía un matiz, un reflejo, que las cosas que si las tenían, nadie antes las había visto. Pero no sólo. Si no los hubiera para los ojos, las manos de Blanca las harían, las regalaba o recordaba a la naturaleza que las había olvidado o que siempre ignoró. Blanca Charolet me ha retratado cientos de veces de manera que ningún fotógrafo lo había hecho, cierto que me habían fotografíado los fotógrafos de más renombre de estos últimos años: la más antigua, Dolores Alvarez Bravo, hará setenta años. Con estas fotos aparezco uno que siempre soy, pero que ella advierte de modo suyo, único, situación que la lleva a titular el libro que piensa publicar, ilustrado por ella con las conversaciones mías que ella reconstruye, supuesto que algo tuviera de acierto, pero que se podía retocar; de ahí su título Henestrosa, el otro Andrés: el mío.
Ningún otro me había visto como me ve Blanca Charolet: distinto, único, de todos conocido y sólo de ella, de Blanca Charolet, adivinado, inventado, más que advertido y sabido. Uno que no soy sino para ella, con tales trazos verdaderos, que bien justifica su extraño y original nombre: Henestrosa, el otro Andrés: el mío. Cosas cotidianas, porque nada hay más cotidiano que lo extraño y lo inesperado, es que las fotos fueran en número de 93, justamente los años que yo tenía cuando Blanca Charolet me fotografió por primera vez. Libro que va a ser que yo aparezca hombre de tres siglos, los últimos del XIX que se prolongaron en el XX y los primeros del XXI. Porque un siglo se prolonga en el otro. Con la reconstrucción de las respuestas que me oyó, de las preguntas que me hizo acerca de cien cosas construyo su libro. Se tendrá una nueva visión, exclusiva de Blanca, de lo que yo soy o ella cree que soy yo. Un Adnrés Henestrosa exclusivo de Blanca Charolet en la que armoniosamente se suman fotógrafa y literata: las dos insólitas, reflejo cabal de lo que es Blanca Charolet: una artista entera que siendo real, agrega a la realidad una nueva realidad, lo que le faltaba y que a ella le tocó descubrir y poner ante nuestros ojos, que no otra cosa hicieran los artistas de pura sangre; esos que nacen de tarde en tarde: cuando la vida y el arte parecen como cansados y necesitan ayuda. Eso es lo que hace Blanca Charolet. Las Aguilas, Ciudad de México, octubre de 2003 |
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